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Politica

Pagar para crecer: El petróleo, la deuda con Shell y el peaje obligatorio hacia la democratización, por William Hernández

El debate sobre el futuro de Venezuela suele entramparse en la retórica ideológica, olvidando que la libertad y el desarrollo no se construyen solo con discursos, sino con un implacable sentido de la realidad financiera. Hoy, el país arrastra una losa que asfixia cualquier intento de recuperación espontánea: una deuda externa consolidada que araña los 170.000 millones de dólares tras los sucesivos *defaults* iniciados en 2017. Dentro de ese laberinto de acreedores, el comportamiento de la estatal PDVSA frente a los gigantes energéticos globales —como la multinacional *Shell*— no es un simple asunto de contabilidad corporativa; es el termómetro que medirá si Venezuela es capaz de reinsertarse en el mundo civilizado o si permanecerá confinada en el subdesarrollo.

Para entender el tamaño del desafío, hay que mirar el pozo negro de las cuentas por pagar. Aunque el desglose exacto de lo que se le adeuda a Shell permanece protegido bajo estrictas cláusulas de confidencialidad, la Asociación Venezolana de Hidrocarburos (AVHI) —donde se comparte filas con Chevron, Eni y Repsol— estima que PDVSA acumula unos 25.000 millones de dólares solo en facturas impagadas, operaciones comerciales y dividendos atrasados en empresas mixtas. Esto ocurre en el marco de una deuda financiera propia de la estatal que ronda los 34.582 millones de dólares.

Ante un Estado quebrado, sin flujo de caja ni músculo financiero para firmar cheques en efectivo, la realidad ha impuesto un pragmatismo forzado. Hemos pasado de la era del impago soberbio al viraje estratégico de las licencias y el pago en especie.

Los recientes acuerdos para activar la Fase I del Campo Loran en la Plataforma Deltana y los planes para frenar la quema de gas en Monagas son el ejemplo perfecto: Shell pone el 100% del capital y asume el riesgo técnico y financiero para resucitar una infraestructura en ruinas; a cambio, comercializa el recurso, recupera gradualmente sus acreencias pasadas y el Estado venezolano araña un porcentaje a través de regalías ( donde hay que meter el ojo) de exportación.

Este esquema de “concesiones operativas de alto valor” es, hoy por hoy, la única vía de oxígeno para nuestra industria pesada. Sin embargo, como sociedad civil y como actores políticos, debemos hacernos la pregunta incómoda:

¿Es sostenible este modelo de parches financieros sin una transformación política profunda? La respuesta es un rotundo no.

La llegada de transnacionales dispuestas a cobrar en especie es una tregua, no la salvación. Ningún país alcanza el desarrollo pleno actuando como un deudor forzado que entrega sus joyas de la corona a plazos para saldar los errores de administraciones negligentes. El verdadero desarrollo económico —aquel que se traduce en escuelas, hospitales, salarios dignos e infraestructura moderna— solo ocurrirá cuando Venezuela deje de ser un destino de “alto riesgo” donde las empresas operan bajo licencias excepcionales, y se convierta en una economía de mercado abierta, predecible y transparente.

Y aquí es donde la economía se topa, inevitablemente, con la política. El cumplimiento de los compromisos financieros y la atracción de inversiones masivas son indivisibles de la democratización real del país.

Las grandes corporaciones del siglo XXI no solo evalúan el volumen de crudo en el subsuelo; evalúan la seguridad jurídica, la separación de poderes y la estabilidad institucional. Un país sin reglas claras, sin alternabilidad democrática y bajo el microscopio de la comunidad internacional jamás podrá negociar una reestructuración global de su deuda en condiciones de ventaja.

Seguiremos atrapados en el canibalismo financiero de entregar campos petroleros y gasíferos solo para pagar el pasado, en lugar de sembrar el petróleo para financiar el futuro.

Honrar los compromisos institucionales con empresas como Shell no debe verse como un acto de sumisión colonial, sino como el primer paso de un deudor responsable que busca recuperar su reputación. Pero esa recuperación será un espejismo si no se acompaña de una apertura democrática transnacionalizada y de un cambio político interno que garantice que la riqueza recuperada no termine otra vez en los bolsillos de la corrupción o el despilfarro centralista.

La fórmula del desarrollo venezolano es tan compleja en su ejecución como simple en su concepto: asegurar la democracia para garantizar la confianza; usar la confianza para reestructurar la deuda; y aprovechar la inversión para reactivar el aparato productivo.

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¡Los espero! #BitácoraEnergética

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