El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ya se encuentra en China para una misión muy distinta de la que él imaginó originalmente, cuando contaba con anunciar contratos millonarios junto a un Xi Jinping convencido por las perspectivas de beneficio. Con la guerra en Irán aún abierta, y el estrecho de Ormuz cerrado a cal y canto, el republicano necesita convencer a su homólogo chino de que le preste su colaboración para persuadir a Teherán de que acceda a negociar y poder poner fin así a un conflicto que se ha convertido en su gran dolor de cabeza. Mediada ya la décima semana, sus efectos se empiezan a palpar en la economía.
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